ESTAMBUL, CRÓNICA LITERARIA DE UN VIAJE INICIÁTICO /1

panorama

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                                                                            A mis Ciras,  ojos y labios color Estambul.

 

                            Between the two mosques

                           Sea of colourful tulips –

                           Seated, he sketches.   

                                                   (Istanbul, haiku )

 

– ¡Abuelo, cuéntame otra vez lo de Estambul!- reclamabas cuando no podías dormir, bajo la tenue luz de la lamparilla, o en las tardes febriles de la infancia, con tu garganta enrojecida.

– ¿De nuevo? ¡Pero si ya te lo sabes de memoria! – respondí con celeridad.

Entonces tomaba tu mano ardorosa y comenzaba a narrar aquel viaje, cuya realidad la atestiguaban unas cuantas fotos olvidadas de un álbum de papel ajado, y un plato azul de cerámica turca. Érase una vez… una ciudad mágica llamada Bizancio, luego Constantinopla y ahora por último, Estambul. Cuando mamá era joven fuimos a visitarla ella, la abuela y yo. Recuerdo que estuvimos preparando el viaje bastante tiempo, pero nada superó la fuerza de pasear por sus calles, oler sus perfumes y dejarnos embriagar por sus colores cálidos, añiles y redondeados que nos esperaban en cada uno de sus rincones.  Fue un viaje maravilloso que nos acercó definitivamente a este rincón del mundo, tan alejado de nosotros pero a la vez tan cercano a través del Mediterráneo. Unas cuantas horas de avión nos sirvieron para ir adentrándonos en sus misterios, sus callejuelas, sus mezquitas tan decoradas y llenas de fieles que todavía hoy creen en un Ser Superior que, llámese como se llame, une pueblos y civilizaciones ( aunque desgraciadamente, a veces, los separan ).  Fue un viaje iniciático, un viaje decisivo y muy intenso y desde entonces, el color de los bazares, las imágenes de los minaretes cortando los atardeceres, la sorpresa de la luz de las mezquitas o el olor de las especias, han quedado prendidas en el corazón de nosotros tres, y lo más importante, en nuestras almas…

…Y el barco atravesaba el Bósforo con empaque de princesa que caminase hacia su coronación, y uno podría abrazar con los ojos ambas orillas y juguetear con el puzzle multicolor de sus casitas de madera. Y cuando se sumergían en el tráfico del Cuerno de Oro, -los transatlánticos de turistas, aún impresas las retinas con fuentes de abluciones y arquitrabes; los pequeños pesqueros de sirenas estridentes; los mercantes solemnes y los anticuados ferries que hacían el trayecto hasta las Islas- y se divisaban cúpulas y minaretes, nuestros oídos se anticipaban a adivinar voceríos de mercado, llamadas a la oración, risas, bocinas de un tráfico caótico y todo el abigarrado tumulto de la ciudad milenaria.

Mi manera de sentir esa ciudad excedía con creces las posibilidades de su descripción. Mi mente era una esponja, y por cada uno de sus resquicios entraban sucesos alegres y notas de  color. Con los recuerdos que conseguía hilar y la fantasía hecha palabra, tejí una Estambul mágica de mezquitas azules, cúpulas doradas, baños oscuros de techos estrellados y emperadores que sonreían desde sus mosaicos. Bajo las sábanas repetía “Es-tam-bul-es-tam-bul-es-tam-bul”, y era un estruendo de tambores que anunciaba los ejércitos victoriosos de Solimán el Magnífico.  “Top-ka-pi-top-ka-pi”, el viento susurraba entre las celosías del harén. “Bóoosforo…bóoosforo”, brincaban los geniecillos de las lámparas. …

Pero ayer  lo de Topkapi me lo contaste de otra manera – protestaste un día.

Es que ya no lo recuerdo bien y a veces me invento algunas cosas – respondí con recelo – aunque hoy voy a intentar escribir…

 

DÍA  29 DE JULIO:

…Voy a intentar escribir los recuerdos de aquellas vacaciones del verano de 2014 y luego puedas leerlos ( ah, te puedes saltar lo que está escrito entre doble corchete, fruto más de la liturgia informativa y literaria que de datos de los que tuviéramos plena conciencia).  Fue aquel verano cuando decidimos conocer este universo mágico que se llama Estambul, ciudad que en aquellos años tenía sobre unos 15 millones de habitantes en toda su zona metropolitana.  Cuando aterrizamos fue un día después de que terminara el Ramadán – ya sabes, la fiesta religiosa más importante para los musulmanes – y todas sus plazas y calles estaban inundadas de gente celebrando este acontecimiento. Recuerdo ir hacia el hotel y ver inmensas zonas del paseo marítimo repletas de familias enteras, sentadas en el césped y tomando alimentos y pasándolo bien. El bullicio era tan tremendo que estábamos desorientados sin saber el por qué de esta acumulación de gente, con muchas ganas de festejar la vida y disfrutar de ella.

 

Fiesta finalizar Ramadán

 

Recuerdo también un incidente que tuvo como protagonista al conductor de nuestro minibús, pues en un adelantamiento arriesgado parece que estuvo a punto de golpear a un coche y el conductor de éste, ni corto ni perezoso nos fue siguiendo por una amplia avenida – quiero recordar que se llamada Kennedy – hasta que nos adelantó y en un frenazo se cruzó en medio de la carretera provocando que tuviéramos que frenar rápidamente. El conductor del otro vehículo se bajó de su coche, se vino hacia nosotros y empezó a golpear nuestro minibús, intentando arrancar el limpiaparabrisas, y como nuestro conductor no hizo nada empezó a insultarlo – no era difícil suponerlo – hasta que se calmó un tanto y volvió a su coche, para empezar una persecución que terminó en una calle secundaria, frente a una parada de autobuses, donde los dos conductores llegaron a las manos y tuvieron que ser separados por varios hombres que había por allí… Buen inicio para el primer día de “la pasión turca”.

Llegamos por fin al hotel, el Sude Konak, en la zona de Sultanahmet ( Ebusuud caddesi 24), y tras tomar posesión de la pequeña habitación nº 404 – único “pero” que le pudimos poner al hotel –, salimos a tomar contacto con la noche estambulí, dirigiéndonos hacia la zona portuaria de Eminönü. Desde que llegamos empezamos a vivir una bulliciosa noche con gente por todas partes, los puestos ambulantes de mazorcas, castañas, etc., los top-manta ofreciendo bolsos, calzado, pashminas… pero sobre todo el olor embriagador a: ¡Balik ekmek!   Qué gozada tomarse un buen bocata de pescado ( normalmente caballa ) aderezado con ensalada y a falta de cerveza, el gran descubrimiento fue el ayran ( yogur salado y con limón, exquisito ), del que ya no me separaré jamás. Sentados en unos taburetes pequeños en el paseo marítimo, oyendo el oleaje, las voces de los patrones de ferrys que anunciaban la travesía del Bósforo por un módico precio ( ¡llegamos a verlos a 10 liras! ) y el gentío de colores, vestuarios y aromas nos parecía encontramos en un lugar paradisíaco. Un breve paseo por los bajos del puente Gálata, con sus múltiples restaurantes ofreciendo – cansinamente – sus productos en un español macarrónico, puso punto final a este día de llegada.

DÍA  30  julio

Y surge el primer poema, al nacer el primer día de nuestra visita:

Desde la terraza del hotel con Agia Sofia al fondo

Desde la terraza del hotel con Agia Sofia al fondo

 

Sentado en la terraza del hotel,

trasladado allá en cuatro golpes de mar,

el mundo cambia de colores y

la delgadez de los minaretes

se me clava en los ojos añiles

de la mañana de Estambul.

 

                        Un desayuno distraído engalana

las cúpulas de Hagia Sophia,

y detrás de ti, escondida,

el nuevo día ensaya sonidos de ceniza.

Es tu nombre un juego de silencios

porque la sabiduría está totalmente dividida

en esta ciudad, borracha de aromas,

que a estas horas parece jazmín oreado de maitines.

 

                        Topkapi, Sultanahmed, Ortakoy,

la luz impone sus disfraces,

cuando el que mira soy yo,

y deseo ya empezar la rueda de paseos

y visitas a través de calles, barrios

y sombras para capturar la gozosa canción

de gaviotas y silenciosos gatos,

animales de luz que multiplican

la oración desnuda de miles de fieles.

 

                        Por fin empezamos el itinerario

y ya sólo queda la dicha de recorrer

edificios y calores, barcos y mezquitas,

palacios espejados de cerámica

que saborean la geometría cerrada

de artesanos que dibujan,

la luz soberana con toques de gloria…

¡Qué caricia de almendros en esta mañana otomana!

 

La primera visita obligada era visitar HAGIA SOPHIA, que la teníamos a un paso del hotel.

[[ Desde la fecha de su dedicación en el año 360 y hasta 1453 sirvió como la catedral católica bizantina de rito oriental de Constantinopla, excepto en el paréntesis entre 1204 y  1261 en que fue reconvertida en catedral católica de rito latino, durante el patriarcado latino de Constantinopla del Imperio latino, fundado por los cruzados. Tras la conquista de la ciudad por el Imperio otomano, el edificio fue transformado en mezquita, manteniendo esta función desde el 29 de mayo de 1453 hasta 1931, fecha en que fue secularizado. El 1 de febrero de 1935 fue inaugurado como museo.

En el siglo xv, dos de nuestros más ilustres viajeros se sobrecogían ante la visión del santuario: el embajador castellano Ruy González de Clavijo y el caballero sevillano Pero Tafur. Aunque la visita a Constantinopla del primero se produjo en 1403 y la del segundo entre 1437 y 1438, no existen diferencias sustanciales en la impresión que la iglesia bizantina les produjo a ambos. Las concomitancias descriptivas pueden observarse desde el inicio de sus escritos. Tanto Clavijo como Tafur comienzan con una breve explicación etimológica del nombre por el que se conoce a la catedral («E santa Sufía quiere dezir en lenguaje greciano como vera Sapiencia, que es el hijo de Dios», p. 42), para detenerse después en los detalles más sobresalientes de la construcción, los mismos que todavía hoy siguen maravillando a quien tiene la fortuna de contemplarlos.

La admiración que despierta en el visitante Santa Sofía de Constantinopla puede resumirse en las últimas palabras que a esta dedica González de Clavijo. Para ello se sirve del llamado tópico de lo inefable, técnica descriptiva habitual en los libros de viajes utilizada cuando las sensaciones experimentadas superan las capacidades narrativas del protagonista: «Todas estas dichas obras e otras muchas fueron vistas en esta iglesia y tantas que se no podrían contar ni escribir tan en breve, que tan grande es el edificio e obras maravillosas que en esta iglesia hay que no se acabara de ver en mucho tiempo, aunque el hombre no se ejercitara más de cuanto pudiese mirar de cada día, que siempre vería cosas nuevas» (p. 45). En este último mensaje coinciden ambos: las virtudes de Santa Sofía son incuantificables e inenarrables.

Alguien como el escritor  y monje Thomas Merton señala:

  1. Dawn. The Hour of Lauds.

There is in all visible things an invisible fecundity, a dimmed light, a meek namelessness, a hidden wholeness. This mysterious Unity and Integrity is Wisdom, the Mother of all, Natura naturans. There is in all things an inexhaustible sweetness and purity, a silence  that is a fount of action and joy. It rises up in word-less gentleness and flows out to me from the unseen roots of all created being, welcoming me tenderly, saluting me with indescribable humility. This is at  once my own being, my own nature, and the Gift of my Creator’s Thought and Art within me, speaking  as Hagia Sophia, speaking as my sister, Wisdom.

(Hagia Sophia, written in 1963, Thomas Merton) ]]

  1. https://www.youtube.com/watch?v=MJgdRRNEik4
  2. http://www.earthcam.com/world/turkey/istanbul/?cam=istanbul
  3.  https://vimeo.com/12212121

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Una de las necesidades perentorias era resolver el tema de los transportes y para ello compramos la “Istanbulkart”, cogimos el tranvía en Gulhane y fuimos hasta Kabatas, desde allí en un cálido “paseíto”  ( lo de cálido supondrás qué quiere decir ) vimos el palacio de DOLMABACHE con su mezquita  (https://www.youtube.com/watch?v=p97cPwS9DEY#! ) .

 

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Comimos en el restaurante Durumce, en Besiktas caddesi ( ¡ay, aquel ayran casero y el inmenso calor que pasamos! )

Durumci

Luego proseguimos nuestro paseo y llegamos ante la fastuosidad del hotel Çiragan Sarayi ( dicen que el mejor de Europa )  y llegamos por la tarde a Ortaköy. Bullicio de gente por todos lados, comercios, restaurantes, puestos de patatas asadas especiadas -de las que dimos buena cuenta- y agua, mucha agua en otra tarde  muy húmeda y con los cinco sentidos a flor de piel.  Fue una tarde embriagadora en la que los tres nos sentimos deslumbrados como si fuéramos piezas desencajadas de un puzzle que por fin se colocan en su lugar exacto ( el muecín cantando en la mesa de la cervecería, las cristaleras marinas de la mezquita, los latidos de las tiendas de gümüs/plata…)

[[ La MEZQUITA DE ORTAKÖY o mezquita de Mecidiye (nombre oficial Büyük Mecidiye Camii, Gran Mezquita Imperial del Sultán Abdülmecit), es una mezquita situada en la orilla occidental del Bósforo, en el puerto del cosmopolita barrio de Ortaköy, en Estambul, Turquía. Es una auténtica joya, recién restaurada.

En el lugar se erigió una mezquita en el siglo XVIII, la actual fue ordenada construir por el sultán Abdülmecit entre 1854 y 1856. Sus arquitectos fueron los armenios Garabet Amira Balyan y Nigoğayos Balyan, padre e hijo, que la diseñaron en estilo neobarroco otomano.

Los sultanes que habitaban en el palacio de Beylerbeyi, en la otra orilla del Bósforo, venían a rezar a esta mezquita en góndola. En el interior hay zonas reservadas para la familia imperial. Los altos ventanales están pensados para dejar pasar la luz del Bósforo, que se refleja en el agua creando un bello efecto. La mezquita está construida en piedra blanca, posee una única cúpula central, decorada con mosaicos rosados y dos altos minaretes. La alquibla está hecha de mármol con mosaicos y el mihrab es de mármol recubierto de pórfido. En el interior hay magníficas muestras de caligrafía realizadas por el propio sultán Abdulmecit, que era un excelente calígrafo. ]]

https://planetaestambul.wordpress.com/category/barrios-de-estambul/besiktas/ortakoy/

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Bus de vuelta a la estación de Karakoy, un nuevo Balik para cenar ( humm, otro bocata de olores ), y atravesando el Gálata y Eminönü llegamos al hotel. Fin de un primer día intenso y extenso en visitas.

 

DÍA 31 de julio

¡TOPKAPI! Los ecos de la película de Melina Mercouri, con el célebre robo de una valiosísima daga que se encuentra en el palacio de Topkapi, resuenan en mis oídos y nos recuerdan aquel palacio de los sultanes otomanos, en la cima del monte Serrallo.   El Palacio de Topkapi (Topkapı Sarayı en turco, literalmente el ‘Palacio de la Puerta de los Cañones’ — por estar situado cerca de una puerta de ese nombre), situado en Estambul, fue el centro administrativo del Imperio otomano desde 1465 hasta 1853. La construcción del palacio fue ordenada por el Sultán Mehmed II en 1459, y fue completada en 1465. El palacio está situado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, y desde él se tiene una espléndida vista del Bósforo. Está formado por muchos pequeños edificios construidos juntos y rodeados por cuatro patios.

[[ El palacio está construido siguiendo las normas de la arquitectura seglar turca, siendo su máximo ejemplo. Es un entramado complejo de edificios, unidos por patios o jardines siendo la superficie total del complejo de 700.000 m², rodeados por una muralla bizantina.

Es una auténtica pasada recorrer aquellos lugares que poseen santísimas historias legendarias. Tras 4 horas y media de visita -¡nos lo empapamos bien, tanto el harén como el palacio y jardines, e incluso las cocinas! – es el momento de dejar hablar a un poeta excelente, al gaditano José Lupiáñez, quien estudió también Filología Hispánica por aquellos años 70 en Granada, y que en 2004 escribió un excelente libro titulado El sueño de Estambul, que nos acompañará en varias ocasiones. Hablando del palacio, escribe:

   Yo también te poseo, Topkapi… /… Estás en mí, Palacio doloroso,/ que ya va por la sangre…/ … El mar, la luz,/ las piedras escogidas para fabricar sueños,/ y mi vida aquí dentro, prisionera y gozosa,/ cautiva para siempre,/ como quizás la tuya lo sea de otro milagro.”   O en otra estrofa del mismo poema;  “Azulejos de ensueño, de verdes y de azules, con el brillo de siglos y de gemas cautivas, tulipanes y ramos, claveles o planetas, dorados laberintos en los que se quedaron los ojos del calígrafo…”

El harén :  https://www.youtube.com/watch?v=Ojd1n42g_q4

Palacio y recorrido:   https://www.youtube.com/watch?v=0cUhyWBeZc8

 

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Y toda esta imaginería colorista se engarza en una ciudad, sin embargo, con mucha dosis de “blanco y negro”.  En el capítulo 5 del libro Estambul, ciudad y recuerdos, del Nobel turco Orhan Pamuk se nos dice que una de las características típicas de Estambul es el hecho de ser una ciudad “en blanco y negro”: …son lugares por donde todavía vaga ese espíritu en blanco y negro que estoy intentando describirLas mañanas brumosas y cubiertas de humo, las noches de lluvia y viento, las bandadas de gaviotas instaladas en las cúpulas de las mezquitas, la contaminación del aire, las chimeneas de las estufas, que se alargan desde las casas a las calles como si fueran cañones de artillería que despiden un humo sucio, los contenedores de basura oxidados, los descuidados parques, que en los días de invierno se quedan vacíos, y la prisa de la gente que regresa a sus casas entre el barro y la nieve, llaman a ese sentimiento interior del blanco y el negro ,que se agita en mi alma entre la alegría y la tristeza: las fuentes antiguas rotas aquí, y allá que llevan siglos sin funcionar, las tienduchas destartaladas, que aparecen de repente alrededor de las viejas mezquitas de los suburbios, la multitud de alumnos de las escuelas, que con sus babis negros y sus cuellos blancos que súbitamente se diseminan por las calles, los camiones viejos y agotados cargados de carbón, los pequeños colmados de interiores ennegrecidos por la vejez, la falta de trabajo y el polvo, los pequeños cafés de barrios repletos de desempleados, las sucias aceras llenas de baches que suben y bajan, los cipreses, que a mí me parecen negros y no verde oscuros, los antiguos cementerios que se extienden en las colinas, … las entradas de los cines…, las calles por las que a menudo vagabundean borrachos…, los vendedores de periódicos de las aceras… ]]

Ese día comimos en la plaza de Sultanahmed, en el restaurante Ayasofya Hürem Sultan Hamami, un restaurante al aire libre con hamán. Los sonidos de la música de arpa nos deleitaron la comida de este día de calor ( como va a ser natural en todo el viaje).

Hurrem Hamami Sultanahmet

Proseguimos la visita, sin movernos mucho, hacia la Cisterna Basílica (en turco: Yerebatan Sarayı “Palacio Sumergido”, o Yerebatan Sarnici “Cisterna Sumergida”) es la más grande de las 60 antiguas cisternas construidas bajo la ciudad de Estambul durante la época bizantina. Se construyó en pocos meses, en el año 532, durante el reinado del emperador bizantino Justiniano I. La cisterna se construyó para evitar la vulnerabilidad que significaba para la ciudad que durante un asedio se destruyera el Acueducto de Valente.

Fue una de las visitas más inesperadas por todas las sorpresas que nos deparó ( té y refrescos incluídos en el café del interior )

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Por la noche  fuimos a un espectáculo teatral muy bonito en el Hojapasha Dance Theatre, muy cerca del hotel, para ver una historia de amor. Se trata de “White rose” , una obra que muestra las danzas orientales y la vida del harén de Topkapi, cuyo tema está basado en la historia de amor entre una esclava del harén y el embajador holandés en Estambul en el siglo XVIII.

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Fue hora y media de representación – con intermedio de tés gratis -, que nos trasladó a aquella época de los sultanes y su vida íntima y sexual, para trazarnos una guirnalda de sensaciones y bailes de los que disfrutamos mucho. Podíamos ver con claridad, en el bosque de nuestra imaginación, las rivalidades entre las favoritas, los tejemanejes del harén o la fuerza vital de los fieros jenízaros.

… ( continúa )

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